Seleccionar página

DICCIONARIO ABREVIADO (Y DESORDENADO) DE IDEAS DE UN PINTOR

La pintura es esa pura y dura tarea de contar, cantar, vivir y entender el mundo a través de un puñado de lienzos, colores y pinceles; oficio de luces –y también de sombras-. Una tarea tan fascinante y quimérica como ésta encarna también la búsqueda artística de Fernando Cuétara, un creador vocacional que, a lo largo de los años, ha sabido poner en marcha su propio y personal lenguaje pictórico, basado en el trabajo, el estudio, la pasión por el arte y –quizás lo que es más definitivo- el inagotable motor de la curiosidad por mirar, sentir y transmitir. Sirva este breve diccionario de ideas para ayudarles a recibir y entender su mensaje.

MATERIA

Si hay un hilo argumental que construye y da sentido a toda la obra pictórica de Fernando Gómez Cuétara este es, indudablemente, la presencia de la materia. Así pues, el diccionario de estas pinturas debería empezar por la letra M, eme de materia. Una materia rica, densamente trab(aj)ada, vigorosa-generosa, dispuesta sobre la piel del lienzo como si fuera una suite de relieves, valles y hondonadas (siempre he creído que la superficie del cuadro es un elemento vivo y orgánico; un auténtico paisaje; la geografía corporal y espiritual de la pintura). De esta manera, el cuadro –ese campo de batalla en el que el pintor se la juega a cada segundo-, se convierte en un ejercicio de voluntad no sólo visual, sino ante todo decididamente táctil y sensual. El lienzo se transforma así en objeto y sujeto de la mirada, y también del tacto, en una especie de muro, pero, eso sí, un muro franqueable, que nos permite recorrer sus superficies. Nuestro artista recorre de arriba abajo, con fluidez y decisión, los vastos espacios de la pintura, para acabar habitando en el puro territorio de la materia. Se preguntaba William Shakespeare sobre la singular sustancia de la que estaba hecha la materia de los sueños. Deberíamos ahora preguntarnos también de qué materia están hechos estos cuadros-sueños. He aquí la respuesta: de la materia de la materia.

TEXTURA

El lógico resultado de esta elevada temperatura matérica es la gran diversidad de calidades táctiles y la gran cantidad de registros y taxonomías de texturas que componen la flora y la fauna de estos cuadros; con todos ellos retrata el rostro múltiple de Madame Textura. El abundante empleo de tierras, pigmentos, colas y sustancias orgánicas y minerales que moldean su orografía se traduce igualmente en una gran variedad de superficies texturadas. Pasamos-posamos sobre ellas las yemas de nuestros ojos, pero también las yemas de nuestros dedos, recorriendo un viaje irregular y accidentado, pero siempre fascinante. La imagen, una vez más, se transforma en protagonista de un relato de miradas y de tactos, que nos permite bucear y navegar por sus intersticios de luz y de sombra, de claridad y de oscuridad.

COLOR

En una pintura como ésta, signada por las leyes gramaticales que constituyen la esencia de la sintaxis pictórica: forma, espacio, expresión gestual, composición,  ritmo y materia, el idioma del color tenía, por fuerza, que dejar también oír su voz en el escenario del cuadro. El negro, humo negro, negra sonrisa, color de la noche y de la ausencia. La música velada de los grises, con una escala de tonos fríos, cálidos, metálicos y plateados. La luz del blanco, a menudo engañosa y difícil, gélida y al tiempo ardiente. El rojo, color de calor y de nombres: carmesí, amaranto, bermejo, granza, encarnado… Azul del agua y del infinito. Siempre un color único, una monocromía, como si cada lienzo fuese una banda del espectro cromático.

LUZ

La luz, entendida –y sentida- como metáfora, energía y símbolo, siempre ha iluminado con sus rayos los espacios del arte. A partir de los años 60 del siglo XX las experiencias artísticas que emplean la luz en sus distintas formas de expresión –fundamentalmente las que se

generan a partir de la electricidad-adquieren un gran protagonismo. Será entonces cuando se convierte en un recurso artístico referencial, abarcando una amplia y variada sintaxis lumínica: neones, holografías, vídeo, Leds. Precisamente en su serie Glow Fernando Gómez Cuétara recurre a esta estrategia, empleando leds (pequeñas luces digitales) para dotar a sus pinturas de una dimensión luminosa, que igualmente es a su vez una eficaz forma de construir juegos espaciales, expandiéndose más allá de los límites bidimensionales del plano y creando un atractivo y escenográfico teatro de luces, pero también de sombras, no lo olvidemos.

ABSTRACCIÓN

El imaginario que habita en sus obras pictóricas no busca la representación figurativa de la realidad, ni la plasmación de unos referentes iconográficos que puedan remitirnos a la esfera de lo “naturalmente” reconocible, de aquello que podemos clasificar en función de su pertenencia al mundo real y al  mundo de la mímesis. Hablamos, pues, de pintura abstracta. Es entonces cuando acuden a mi memoria las palabras de Gerhard Richter -uno de los pintores  con mayor independencia mental-: “Los cuadros abstractos visualizan una realidad que no podemos ver ni describir, pero que, no obstante, sabemos que existe […] Con la pintura abstracta hemos creado un medio mejor para dirigirnos a lo que no se puede ver ni comprender; una explicación posible de lo inexplicable o, por lo menos, una forma de manejarlo…” Esto viene a demostrarnos  que los caminos de la abstracción siguen siendo válidos y que todavía nos tienden un trayecto sin un final visible.

PLIEGUE

“Todos nacemos con veintidós pliegues. La cuestión es desplegarlos. La vida del hombre entonces se completa. Bajo esa forma muere. No le resta pliegue alguno por desplegar…” Así se manifestaba el gran poeta y pintor belga Henri Michaux, en su obra La vida entre los

pliegues (1949). El pliegue ha sido siempre una constante a lo largo del arte (en la poesía de Mallarmé y la novela de Proust, en la música de Boulez y en la pintura de Hantaï o el propio Michaux…), tal como supo verlo igualmente el filósofo postmoderno francés Gilles Deleuze en su libro El pliegue: “En un piso tenemos los repliegues de la materia y en el otro los pliegues en el alma…” Para Fernando Gómez Cuétara el pliegue, fundamentalmente en dos de sus  series más recientes, Glow y Shadows, supone asimismo un elemento clave en la construcción y composición de sus cuadros. Es algo más –mucho más- que un simple recurso formal que sólo consistiera en plegar la tela, tensarla, darle un ritmo horizontal, vertical o diagonal y endurecerla; representa sobre todo un espacio de posibilidades: las de alojar a la vez la materia y el alma, y por encima de todo la plasmación, a través de los pliegues y arrugas de la tela, de la permanencia del artista en su propia obra. El intersticio, la cavidad –que es también relieve…- se convierte en el lugar donde se cumplimenta el deseo de perdurar en la memoria del tiempo y de los hombres. El eterno afán del creador…

Francisco Carpio